lunes, 23 de marzo de 2015

Primeras imágenes de Beatriz Vallejos - Kevin Jones para Barriletes

La poesía de la santafesina Beatriz Vallejos fue centro de uno de los últimos Talleres poéticos organizados por la Biblioteca “Esos otros mundos” de Barriletes.




Mi abuela, como casi todas, puede desplegar varios hilos en una misma conversación. A veces, hacia el final de la tarde los volvemos a reunir, y los cerramos a cada uno con frases rápidas. Pero, mientras, están por toda la cocina y sostienen la visita.
Aunque, desde hace un tiempo a esta parte, cada vez que llegamos a los días en que Abuela esperaba a su primer hijo, nos detenemos con mayor cuidado. Todo se narra de principio a fin. Es parte de la gracia que nada del presente parezca capaz de amenazarnos ya.
Quizás convenga hablar de escenas, más que de historia en la narración de esos días. Lo que llega desde entonces son imágenes, episodios.
Ella siempre ubica al comienzo de la historia a Don Truffi. Un turco dueño de una tienda de una mercería, que cuando supo que necesitaban trabajo le dio una caja con hilos, agujas, botones, elásticos y le indicó donde podría venderlos. Dos cosas me atraen de ese comienzo. El nombre de Don Truffi, que Abuela tarda en encontrar siempre un rato, pero que cuando nombra lo hace por única vez. Me gusta oír una palabra tan extraña, tan parecida a un abracadabra, en boca de mi abuela. Pero también me parece inimaginable esa caja con pequeños objetos, que seguramente deberían de tener varios colores. Esa palabra y esos botones parecen entonces indicios luminosos de la existencia de otros sitios, de otros tiempos.
A la mañana temprano salía, para volver por la tarde a hace el recambio y llevarse su parte. Una mujer que atendía la carnicería les fiaba la comida que cocinaría en la misma pieza en que dormían. Son escenas de cuando se habían ido a San Nicolás a vivir y esperar su hijo. Todo transcurre en un lugar y unos años que desconozco. Llegan cartas de Gualeguay, y hay preguntas y silencios de habitación.
Es por esos mismos años en que Abuela recorría casas ofreciendo elementos de coser, en los que se publicaría por primera vez Alborada del canto. Un libro que dejo al costado ahora, mientras recuerdo esa conversación repetida con Abuela Es el primer poemario de Beatriz Vallejos, escrito cuando apenas tenía veintidós años, en 1944, y publicado al año siguiente.
Al final del libro hay una foto de Beatriz Vallejos joven, quizás de los tiempos en que escribió este libro. El hecho de que siempre la he imaginado vieja, en la imagen detenida de sus últimos libros, hace que mezcle sus poemas juveniles con esa estampa y obtenga de nuevo a mi abuela diciendo la palabra truffi.
Beatriz Vallejos cumplió con creces las señales de ese primer libro. Construyó una poesía dispersa en pequeños poemarios publicados entre Santa Fe y Rosario, que atravesó de manera secreta el litoral desde esa mitad de siglo hasta aquí. Y sobre la cual aún apenas podemos leer lo que la transparencia de sus poemas sobre la hoja nos permite. Es decir: aún no hemos terminado de llegar a sus poemas.
La menor de seis hermanos, Vallejos nació en Santa Fe en 1922. Fue hija de un hombre que, idóneo en esas tareas, se desempeñaba como farmacéutico y era oriundo de Corrientes, y de una mujer venida de una región al sur de Italia. Un encuentro de lenguas que se nota en su obra. Fue maestra normal y artista plástica.
En 2012, la Universidad Nacional del Litoral junto a la Editorial Municipal de Rosario recopilaron sus poemarios bajo el título de El collar de arena. Ese había sido el título con que en 1980, Beatriz había publicado en la editorial Colmegna una recopilación de sus poemarios publicados. En aquel momento, la autora excluyó del libro sus dos primeros textos (Alborada del canto y Cerca pasa el río). De allí, la decisión de no incluirnos en la edición de 2012 de El collar de arena.
Una decisión que permitió que Alborada del canto llegara a nosotros por otros caminos. En 2014, la editorial rosarina Ivan Rosado decidió publicarlo en su catálogo. Ivan Rosado es una editorial sostenida por Maximiliano Masuelli y Ana Wandzik. En una entrevista que les realizara Osvaldo Aguirre, ellos decían: "Nos proponemos un catálogo como un espacio de conversación generacional entre autores, sus obras y potenciales lectores desde el factor aglutinante de Bajo Litoral Expandido. Esto es, la trama que arman las ciudades de Rosario, Santa Fe, Paraná, Buenos Aires y el Uruguay. Se trata de un mapa de obras que se sustentan y se afectan en el terreno dibujado por tres ríos que se enlazan".



Ese parece ser también el lugar para este poemario. Para quienes tratamos de leer y escribir en ese terreno fluvial, nuestra biblioteca se ve tocada por sus libros en cuyos nombres podemos leer también a amigos que queremos y admiramos. Que Beatriz Vallejos se encuentre allí es una manera de volverla cercana a ese mapa afectivo. Así su poesía pueda ser para nosotros, como enuncia Celia Fontán, una poesía madre.
Se trata de un libro que parece maravillarse en el descubrimiento de primeras palabras que repite constantemente (bruma, infinito, verde). Con Mile nos aseguramos ya que enlazaremos este poemario con los diferentes encuentros que junto a niños y poesía sostenemos desde esta Biblioteca barriletera. Ya que éste también puede leerse como un poemario de infancia.
En la contratapa de esta nueva edición de Alborada del canto, la poeta Julia Enriquez escribe:

“Seguimos el vuelo de una paloma con la mirada: la vemos embelesarse en el encantamiento de la inocencia, obstinarse en el temor, en el cielo tempestuoso del deseo, y finalmente –bien en lo alto- la vemos triunfar en el vigor de la certeza. ¿Puede la ilusión ser una certeza? La poesía de Beatriz Vallejos nos demuestra que sí. Existe una blancura generosa que es la posibilidad de cada día. Vallejos sabía rastrear y amplificar esta posibilidad; sabía escuchar el compás de la naturaleza, la voz secreta del río. En este libro las vibraciones del espíritu no resuenan en el paisaje sino que son el paisaje. Frenesí de pétalos incipientes; fortaleza inagotable del viento; bruma del ensueño. Este es el canto del anhelo adolescente por llegar a ser, donde la incertidumbre se convierte en esperanza”

Releo la pregunta que Julia se hace -¿Puede la ilusión ser una certeza?-, y vuelvo a mi abuela que dice que nunca fueron tan felices como en ese tiempo. Eso es lo que prometemos en los poemas de Beatriz. Ilusiones vueltas certezas, botones, alfileres.

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