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domingo, 8 de agosto de 2021

Noticias barrileteras

 Continúan los encuentros del Club de lectura “Cae la noche litoral”

¡Seguimos andando en rondas de lecturas! En lo que va del año hemos leído La asesina de Lady Di, de Alejandro López, y Las malas, de Camila Sosa Villada. Ambos son libros asombrosos que nos dejaron sin aliento.


En el Club de lectura “Cae la noche litoral” la protagonista principal es la lectura en ronda y en voz alta, que nos reúne en la presencialidad y la virtualidad. A partir de ella apostamos por otras formas de vincularnos en este mundo raro. Es como un camino de hormigas que de a poquito va trazando surcos en nuestros caminos lectores; un haz de caminos que conecta textos y personas. Por eso tenemos la convicción de que la lectura compartida deja marcas muy profundas en quienes asisten al taller semana a semana. Estas son las palabras que este mes nos regala cuenta Luisa Bertucci, una de las participantes del club, para contarnos su experiencia:

Desde hace dos años, espero con mucho interés y expectativa nuestros encuentros de los jueves a las 16 en el Club de lectura de la Biblioteca Esos otros mundos de Barriletes que, con solvencia, con sencillez y en un ambiente afectuoso, conduce Lautaro Maidana. En este momento lo hacemos de forma virtual debido a la pandemia.
En estas reuniones intercambiamos opiniones respecto a lo leído personas de generaciones muy dispares; la mayoría, muy jóvenes, hasta algunos de avanzada edad, como yo a mis 82 años. Esta situación, poco frecuente, reúne miradas tan disímiles como enriquecedoras al momento de reflexionar sobre las obras de diversos autores, que nuestro coordinador, con profesionalidad y todo acierto, elige. Me siento afortunada por poder beneficiarme del esfuerzo que el profesor y la institución realizan con un valioso aporte a la cultura de nuestra ciudad.


El Club de lectura funciona como un taller, libre, gratuito, para todo aquel que quiera sumarse. Su frecuencia es semanal, los días jueves de 16 a 18 horas, y los encuentros se dan principalmente a través de la plataforma Google Meet, en la virtualidad. Si te interesa, pedinos más info por Facebook (Biblioteca Esos Otros Mundos), por Whatsapp (3434664944) o arrimate los jueves a la tarde a la casa de Barriletes (9 de julio 479).

Durante mayo vamos a estar leyendo Las primas, una novela de Aurora Venturini. Sobre ella, les dejamos este fragmento de la contratapa: Historia de iniciación ambientada en unos equívocos años 40 que despliega el mundo tortuoso de una familia disfuncional de clase media baja: una casa sin hombres y llena de mujeres, todas minusválidas, con alguna deformidad física, mental o imaginaria. Una niña de doce años condenada al olvido, o incluso a un destino más cruel, sale adelante y se convierte en una pintora famosa. Las mitologías del barrio, la familia, la sexualidad femenina y el ascenso social aparecen puestas en escena por la voz inconfundible de la narradora, Yuna, una primera persona que contempla el mundo con una mirada salvaje, a la vez cándida y brutal. A mitad de camino entre la autobiografía delirante y el ejercicio impúdico de la etnografía íntima, Las primas consagró a su autora, Aurora Venturini, como una de las narradoras más interesantes de la literatura argentina contemporánea.

¡Gracias Luisa y a todo el grupo por sumarse y sostener el espacio!


 


lunes, 19 de julio de 2021

Noticias barrileteras

Continúan los encuentros del Club de lectura “Cae la noche litoral” en Barriletes

Los jueves de 18 a 20 hs. se abre la ronda virtual y presencial, en la que compartimos la lectura de un libro en voz alta. El espacio es libre, gratuito y dirigido a jóvenes y adultos. La propuesta es que la lectura se convierta en una actividad compartida y ruidosa. Una forma de desplazarnos por esos otros mundos que proponen las palabras. Si querés sumarte, escribinos al Facebook: Biblioteca Esos otros mundos. O al whatsapp: 343 4664944. Para saber un poco más, les dejamos esta crónica del compañero Roque Bello.

 

 Comencé el taller de lectura que dirige Lautaro Maidana en la biblioteca Esos Otros Mundos, en la sede de la revista Barriletes, porque estaba estudiando periodismo deportivo y necesitaba mejorar la lectura al aire. Antes había leído muy poco; algunos diarios, revistas, cuentos cortos y la novela El Médico de Noah Gordon, de hecho con ese bestseller descubrí el atractivo de la lectura que despertó en mí un deseo de más letras. Pero que postergaba con la excusa de que siempre estaba ocupado trabajando o paseando.

En el ambiente donde compartimos literatura en la vieja casona de calle 9 de julio, acompañados de mates y charlas, se reactivó en mi mente el interés por querer saber más sobre ese mundo escrito y así fue que me enganché. En la actualidad siempre estoy leyendo un libro, sin poner excusas. Si me toca trasladarme en transporte público ocupo el tiempo para leer, si no me puedo dormir también, si estoy esperando, aprovecho para leer. Y eso se lo debo al taller de lectura, a los compañeros que propusieron libros atrapantes al punto tal que te envician: ya no podés imaginar un tiempo de ocio sin alguna lectura.

Otro de los atractivos de la lectura grupal es el intercambio social, que se vuelve más irresistible cuando hay algo sabroso para acompañar el mate. En lo sólido los compañeros Carina, Berenice, Maximiliano siempre se lucían; y en lo líquido Lucrecia fascinaba con la yerba ecológica que aportaba. Después de probar ese yuyo misionero, se me dificultó poder saborear otros mates. Espero con ansias que el jueves de encuentro llegue, para salir saciado, en lo mental, emocional y de la panza.

Conocí a Pablo Ramos, quien autografió los libros que donó a la biblioteca. Nosotros leímos sus libros y pienso que fue uno de los mejores, hasta el momento. Pero si algo aprendí con la lectura, es que el arte no se puede comparar; cada foto, pintura, tema musical o libro aportan sensaciones y sentimientos que solo el receptor puede experimentar. Y que en sus momentos de interpretación puede tratar de comprender. Entonces más bien diría que fueron libros que me regalaron experiencias nuevas. 

¡Espero que vos te sumes a este maravilloso Barrilete Cósmico!

 

 

Publicado en Revista Barriletes, núm. 235, abril de 2021 

miércoles, 15 de julio de 2020

Taller de poesía en la Escuela Hogar

Acercando otros modos de leer a la escuela primaria

Por Lautaro Maidana y Carina Pesoa

(Publicado en Revista Barriletes, n.° 210, Paraná, marzo 2019)


Tapa de la Revista Barriletes

¿Qué lugar tiene la lectura en el imaginario social de nuestra época? La pregunta es desmedida y las respuestas muchísimas, pero lo cierto es que si no le prestamos un poco de atención, podemos caer en algunos malentendidos. La lectura nos abre las puertas del conocimiento, nos conecta con voces de tiempos de antaño y lugares de lejos. La lectura nos da mucho poder, por eso se la prohíbe y se desconfía mucho de quienes se entregan a ella. Es un goce improductivo que pervive en este sistema de producción extractivista feroz. Pero por sobre todo, la lectura nos hace más humanos. Es decir, es necesaria para forjarnos una identidad y para reconstruirla incesantemente durante tiempos adversos.

Aunque la lectura ocupa un lugar importante en las diferentes esferas de la actividad humana, no estamos muy seguros de los valores que ella realmente nos representa. Graciela Montes, una gran escritora, plantea en plena fiebre de la década de los 90 la idea de que 
“la lectura ha perdido su viejo significado social y no termina de construir uno nuevo, el que correspondería al mundo contemporáneo”. Luego de esta sentencia contundente, lanza una pregunta: “¿Qué clase de escenas lectoras se corporizan en nuestra imaginación cuando hablamos de lectura y qué sentimientos nos despiertan esas escenas?”(1). A casi 20 años de ese diagnóstico de Graciela Montes, tomamos su pregunta para pensar nuestras prácticas de taller, de biblioteca comunitaria, de organización social que articula su saber y su energía con una escuela pública y los libros, lecturas y sujetos que allí circulan.

Tal vez para muchos la primera imagen en donde la lectura se hace carne tiene que ver con la escuela, con ese momento en que un niño (nosotros mismos siendo niños) acompaña con el dedo esa andadura sinuosa en papel para poder leer palabras como “mamá”, “bandera” o “dictado”. Y seguramente tras esa persona que aprende leer esté una maestra. Pero ¿qué pasa cuando quien acompaña esa actividad es un tallerista, alguien que viene de una asociación civil para presentar otros modos leer? En ese momento la evaluación es desplazada por la sensibilidad, la orden por la invitación, la voz cortante por el susurro, el aula se transforma en un taller.

Un taller de poesía en la escuela es esa ocasión en la que nos demoramos una hora en un solo poema, leyéndolo, repasando sus letras, repitiendo sus rimas, haciéndole preguntas o dibujando sobre él. O una mañana completa ordenando pequeños poemas y fragmentos de libros en un bolsillero de acuerdo a la siguiente clasificación: tristes – ruidosos – punzantes – suaves – alegres – dulces – hambrientos – oscuros. Son jornadas en las que cada participante se arma un libro-acordeón para copiar el cuento que más le gustó y llevárselo así a su casa. Un taller de poesía también ese acontecimiento juguetón que nos lleva a leer muchos libros mudos o a comunicarnos mediante susurros. O la posibilidad de aprender de nuevo todo el abecedario.

Estas son algunas de las escenas que vivimos durante el 2018 en el taller de mediación de lectura que hicimos en el 1er grado “A” de la Escuela Primaria de Tiempo Completo N° 1 “Dr. César Blas Pérez Colman” (la Escuela Hogar, a secas). La articulación de Barriletes con esta Escuela viene desde el 2013 y el año pasado se pudo sostener gracias a la apertura del bibliotecario Walter Lederhos, la docente Cristina Perozzi y los directivos de la institución. Esta verdadera red nos sostiene para reafirmar el lugar social de la lectura del que hablaba Graciela Montes, particularmente en la infancia. Un lugar que está en constante conquista, ya que, en nuestro tiempo, si no unimos fuerzas podemos caer en las redes del mercado que nos ofrece su literatura pasajera y liviana de best-sellers, o ser víctimas del achique del Estado que por hache o por be recorta los distintos recursos destinados al ingreso de bienes culturales en las escuelas.

Desde la Biblioteca “Esos otros mundos” proponemos otros acercamientos a la lectura de textos literarios, principalmente de poesía infantil y libros-álbum. En este sentido, intentamos que los talleres se vuelvan ocasiones que inviten a usar el cuerpo de otro modo, y a prestar atención a las sensaciones que la poesía genera en cada uno de nosotros. Asimismo, buscamos otras maneras de vincularnos con los niños y las niñas, de manera tal de respetar su autonomía como sujetos de derecho, pero también como “sensibilidades autónomas”, al decir de María Cristina Ramos(2). En otras palabras, nos interesa acercarnos a los alumnos desde un lugar cuyo objetivo no sea la evaluación ni la disciplina, sino la apertura a momentos creativos, de buenos vínculos, y de respeto a las emociones de cada participante (por ejemplo, cuando estos están alegres, pero también tristes o desmotivados).

Para esta edición de Revista Barriletes elegimos algunos dibujos, escrituras y fotos de este taller. En primer lugar, el taller del bolsillero, cuando nos pusimos a jugar a clasificar poemas y libros como si fuéramos bibliotecarios. A esta actividad la extendimos después a otros grados en el marco del Día Nacional del Libro. De ese momento, rescatamos la mirada de un niño que copió y reinventó un libro muy famoso: La línea de Beatriz Doumerc y Áyax Barnes. Y en segundo lugar, algunos dibujos que surgieron luego de la aventura que nos propone el libro-álbum Abecedario a mano de Isol. Nos gustaría que los lectores de Barriletes puedan imaginarse en qué escenas ocurrieron, quiénes estuvieron ahí para dar lugar a esas invenciones, y qué sentimientos les despiertan esas huellas de lecturas.


  1. Montes, Graciela. (1998). “Espacio social de la lectura”. Publicado en Buscar indicios, construir sentido. Bogotá, Babel Libros, 2017.
  2. Ramos, Ma. Cristina (2012). Aproximación a la narrativa y a la poesía para niños: los pasos descalzos. Buenos Aires, Lugar Editorial.










sábado, 28 de octubre de 2017

Encuentro con Graciela Montes

Revista Barriletes, núm. 193, octubre 2017, pp. 16-17
Sección: Apuntes de taller

"Me gusta que las cosas me desafíen”

Crónica de un paseo hacia el encuentro con Graciela Montes



Por Lautaro Maidana

A mediados de julio de este año, compañeros de la Biblioteca “Esos otros mundos” de Barriletes viajaron a La Plata para participar de una conversación con la escritora Graciela Montes. El encuentro fue organizado por la Biblioteca Popular “La chicharra” que es parte de la Asociación Civil “La grieta”, un colectivo de artistas, educadores y comunicadores que trabaja hace 25 años en el barrio platense Meridiano V. Las redes que conectan a personas, instituciones, autores y lectores son muchas y sutiles. En esta crónica, un barriletero nos cuenta sus impresiones de este mapa de afectos.



Un viaje –hoy me gusta más llamarlo paseo– transforma las reglas habituales del tiempo, las distancias y las responsabilidades. En un paseo como el que hice en julio me gusta dejar que la marcha de las cosas me sorprenda. No son muchos los días que tengo a la mano, por eso trato de impregnar mi cuerpo con todo lo que la ciudad tiene para ofrecerme. Llevo una libretita donde anoto cosas, cuando puedo y con una letra horrible. Lo único que registro con seriedad son los gastos, porque cuando regrese las monedas que me sobren serán aliadas en la supervivencia diaria.

De tanta excitación, a la ida no puedo dormir más de cuatro horas. La mañana de un viernes 14 de julio nos recibe lluviosa afuera de la Terminal de Retiro. Abordamos con Mile otro colectivo a La Plata. Las ventanas cerradas y empañadas no me dejan ver la ciudad que hay afuera, entonces me entretengo mirando cómo otros pasajeros se sacan varias selfies. Arrancamos el primer mate de nuestro paseo. Un movimiento brusco hace que salte el agua caliente, me queme un poco la mano e instintivamente pegue un grito. “El mate en cualquier situación delata nuestra extranjería”, piensa Milena.

A las 10 de la mañana ya estamos en “la ciudad del futuro”, como imaginaban a La Plata cuando fue planificada a fines del siglo XIX. Queremos ir al Paseo del Bosque, pero por más ordenada que sea la trama urbana, nos perdemos igual. En el camino nos tropezamos en sus veredas rotas y embarradas, las esquinas sin semáforos nos amenazan y las calles numeradas nos despistan. Encima yo, mientras camino, no puedo no mirar las casas, las líneas de los cables, las formas de los árboles, la basura desparramada donde imagino encontrar tesoros, los movimientos de la gente, lo que dicen los carteles… Creo que me falta dormir más, por eso ando tanto en Bavia.

Caminando por el Bosque
Por fin llegamos al Bosque. Nos dejamos atraer por lo que llama nuestra atención, total todavía falta para el encuentro con Graciela Montes. Seguimos la orilla de un lago hasta llegar a una especie de juego de cavernas. Entramos y después salimos a un caminito de columnas griegas rematadas con vasijas que tienen motivos mitológicos en relieve (ninfas, viejos sátiros y héroes estilizados). Un poco más allá está el Anfiteatro del Lago. Todo enrejado: no podemos entrar. Todo, también, hecho en una onda media griega o renacentista. Pura copia e impostura. La ciudad nos devela los sueños modernistas de quienes la construyeron fines del XIX. Saneamiento y dispersión para los ciudadanos de la Atenas de América.

Pero no nos quejamos. A mí todo me maravilla. Nos metemos al Museo de Ciencias Naturales y tenemos tanta excitación que soltamos algunas risotadas. El tiempo vuela y ya deberíamos pensar cómo atravesar la ciudad de norte a sur para llegar al Barrio Meridiano V. Decidimos tomar un tren porque sería lo más barato, pero en el intento de salir del Bosque hacia la estación de trenes, ¡nos perdemos! Si estuviéramos en un cuento de hadas, algún benefactor vendría en nuestro auxilio, pero no nos queda otra que probar suerte y seguir caminando. Llegamos bastante hambrientos a la estación, y mientras almorzamos en el andén caemos en la cuenta de que el tren que estamos esperando no es la mejor opción para llegar a destino. Lo más conveniente es tomar un colectivo, así que pedimos indicaciones y nos vamos hacia la parada prestando mucha atención. No quiero volver a perderme y sin embargo las ansias de llegar al encuentro con Graciela poco a poco me van llenando el cuerpo de hormigas que no me dejan pensar con claridad.

No consigo orientarme en el colectivo. Me dejo llevar por las paredes cubiertas de graffitis, consignas, dibujos y murales. Por suerte está Milena controlando el recorrido y me avisa de golpe que hemos llegado al galpón ferroviario donde funciona la Biblioteca “La chicharra”. El tiempo se nos viene encima justo cuando entramos. Adentro, un grupo de mujeres amorosas nos recibe con algarabía. No nos conocemos personalmente, salvo por contactos a través de las redes. Pero nos esperan con el cuidado que cualquier huésped auténtico sabe construir.

Estamos en uno de los barrios culturales más importantes y orilleros de La Plata. En todo lo que sentimos hay un aire de trabajo por la belleza y la comunidad. En el entrepiso del galpón donde funcionan talleres de arte, serigrafía y objetos, entre otros, las palabras de Andrea Iriart nos hacen recorrer más de 25 años de trabajo barrial, de redes afectivas y de lucha autogestiva. En la planta baja, la tarea archivística de “La chicharra” nos fascina. Desde hace años esta biblioteca se ha encargado de guardar y dar a conocer no solo los Libros que muerden (una muestra de libros y escritores censurados, prohibidos o perseguidos durante la última dictadura cívico-militar), sino también otras colecciones como las del Centro Editor de América Latina (Ceal). Entre mates y pastelitos (porque la lluvia nos pone golosos) seguimos charlando y conociéndonos. Se hacen las cinco y por la puerta de entrada se asoman las verdaderas visitas de esta tarde: Amanda Toubes, Graciela Montes y Ricardo Figueiras. Sin hacer mucho ruido nos vamos con Mile a ubicarnos en las butacas del salón donde se va a desarrollar la charla. Escuchamos cómo van y vienen otra vez las anfitrionas mostrando los rincones de la casa a los recién llegados. De a poco va llegando más y más gente para vivir este acontecimiento. Una cierta alegría de estar juntos nos recorre adentro del cuerpo.


Hace alrededor de 15 años que Graciela Montes no tiene una intervención pública como esta. Ni como autora de nuevos libros, ni como formadora de transmisores culturales. “Estoy retirada de la escritura, pero lo que me quede de energías lo voy a dedicar a entender el mundo que nos pasa”, arranca diciendo. La confesión de Graciela, que tiene 70 años ya, nos deja admirados. Nos cuenta que está leyendo en su ebook (donde puede poner más grandes las letras para facilitarle el trabajo a sus ojos) libros sobre la física del tiempo y sobre la historia de la humanidad. Pero después se acuerda que no quería arrancar la conversación contándonos esto, sino con un recuerdo de hace muchos años.

En ese recuerdo, Graciela es una joven estudiante de literatura y tiene que ir a una escuela a hacer sus prácticas docentes. El tema que tiene que dar son “las metáforas” y para eso ella elige leerles a sus alumnos dos poemas del Romancero gitano de Federico García Lorca. Entonces saca su librito y empieza a leer. Nos lee a nosotros esos dos poemas. Al principio va rápido y después se detiene con gusto en cada verso. Cuando termina, Graciela relata que se sentía asustada porque era la primera vez que estaba frente a un grupo de personas enseñando algo, y porque además sus alumnos tenían casi la misma edad que ella (alrededor de 20 años). Pero sobre todo confiesa que ha elegido ese recuerdo porque la situación de estar ante un público que espera palabras de ella para entender el mundo es la misma ahora y en ese entonces. Entre la inseguridad de una situación que siempre retorna (la clase, la conferencia, el taller) y la apuesta por un mundo que nos cobije con sus letras, Graciela nos vuelve a desafiar: “Y a mí me gusta seguir aprendiendo. A veces es bueno estar en lugares donde no estamos seguros”.


Ricardo Figueiras, Amanda Toubes, Graciela Montes y Gabriela Pesclevi
La conversación sigue su curso. Toman la palabra Ricardo, que es el marido de Graciela, y Amanda. Los tres son viejos amigos de los tiempos del Ceal y entre anécdotas y chistes se va generando un clima de complicidad que nos descontractura a todos. Gabriela Pesclevi coordina la charla y da pie para que niños y adolescentes de los talleres de esta organización social le hagan preguntas a Graciela. Uno pregunta cómo hace para escribir tantas historias, otro si se identifica con alguno de sus libros, otro le pide recomendaciones para ser escritor. Todos nos animamos a contar algo, recordar alguna lectura, o simplemente mostrar un agradecimiento. Hay una emoción desatada en ese salón que no queremos que se termine nunca. Por mi parte, sé que voy a volver a Paraná afirmando que Graciela es una maestra que me alegra haber encontrado en esta vida.

Yo no sé si es una profesión que recomiendo –responde Graciela a una de las preguntas–. En fin, supongamos que te empecinás. Leé. Los escritores aprendemos a escribir leyendo. Leer lo más variado posible, lo más rico posible, metiéndote por caminos nuevos, leyendo lo que no entendés, aprendiendo otros idiomas… todas esas cosas te abren la cabeza y te dan una herramienta formidable que hay que tener para escribir o para hacer otras cosas, que es la palabra, el lenguaje. Eso sí vale oro. Eso sí se los recomiendo, que todos se lo apropien al máximo, lo más rico posible. Tratando de que no se pierda ni una sola palabra de las que se pueden usar. Ni una. Esa es una acumulación de la riqueza que recomiendo. ¡La única!
Leer, aprender y tratar de entender las cosas nuevas y los espacios nuevos en los que estamos. A mí, pensar siempre me sirvió. Yo sé que algunos dicen “no hay que pensar, solo hay que sentir”. Yo soy de los que siempre trataron de pensar. Qué le vamos a hacer.

Integrantes del colectivo "La Grieta" de La Plata junto a Mile y Lauti

Dedico este texto a quienes nos alojaron durante este paseo: a Andrea y su hija, Gabriela, Vero, Paula, y todo el equipo de La Grieta. A Silvia y Yamil.


lunes, 2 de enero de 2017

El lugar de la poesía en la escuela: entre los espacios íntimos y las políticas públicas.

Hernán Hirschfeld y Gabriela Baralle

Talleristas de Barriletes se preguntan, a dos voces, por las derivas de las acciones concretas que institucionalmente realizamos junto a Escuelas Primarias Públicas de nuestra ciudad. Para ello, los recovecos de dos acciones, dos escenas en los pasillos del Complejo Escuela Hogar sirven de guía y cuento.

Desde la Biblioteca Comunitaria  “Esos otros mundos” de la Asociación Civil Barriletes hace ya cuatro años que habitamos algunas aulas de la Escuela Primaria de Tiempo Completo Nº 1 “César Blas Pérez Colman” sosteniendo talleres de mediación de lectura. La perspectiva de la mediación de lectura desde la cual nos posicionamos hace de nuestro quehacer en torno a la palabra poética un trabajo, ante todo, artesanal. No solo por el tiempo que como talleristas nos demoramos en urdir las escenas para propiciar el encuentro entre textos poéticos y niñxs, sino porque creemos que aquello que adviene en esos encuentros –siempre singulares e intransferibles– también necesita de un tiempo que transcurra lento y prolongado. Este modo de hacer, sin embargo, alberga ciertas incomodidades: en las dimensiones de una escuela como la “Pérez Colman” ¿por qué, cómo trabajar con un solo grado? ¿Por qué de entre casi 500 alumnos y alumnas trabajar durante todo un año con 15, 20?
Lo que anudan estas preguntas es un problema educativo, pedagógico y, ante todo, político: ¿qué lugar ocupamos allí en tanto organización social? ¿qué desplazamientos se producen y buscamos producir al hacer ingresar literatura en la escuela del modo en que lo hacemos?
Estos interrogantes en torno a la condición paradójica de nuestro hacer dentro de la escuela nos han conducido -especialmente durante este año– a imaginar formas de intervención que, aún sin apartarse de lo singular de nuestro trabajo, tengan un mayor alcance y habiliten vínculos con otros agentes de la institución educativa. En este sentido, se realizaron dos actividades en las que participaron niñas y niños de varios grados  de la Escuela: el Día del Libro y la Maratón de lectura.

Palabras susurradas: Maratón de Lectura

Como cada año, este 16 de septiembre se realizó en la Escuela Hogar la Maratón de lectura impulsada por la Fundación “Leer”, organización promotora de lectura que convoca a instituciones educativas de diferentes puntos del país a llevar adelante un “festejo para que la lectura ocurra”, según reza el 14° Documento de la Maratón Nacional. La bibliotecaria Dolly Amarilla nos invitó a participar de la actividad acercando nuestra propuesta a diferentes grados de la Escuela, y desde el principio nos interesaba encontrar formas de sostener las marcas de nuestro taller –la lectura íntima, silenciosa, la que da tiempo a pasar por el cuerpo–  aun sabiendo que estaríamos con esxs niñxs por única vez.
Sin show ni teatro, pensando escenas de taller que fueran más fugaces pero no por eso menos intensas, arribamos a la idea de llevar susurradores: tubos de cartón que funcionan como artificios mediadores de textos poéticos.
Encontramos en ellos la posibilidad de abrir un espacio tan breve como intenso cuyo centro estaba habitado por un poema, porque lo que habilitan estos artilugios es disponer el oído ante la respiración sonora del poema, enfrentarse a la materialidad sonora de la palabra poética vuelta susurro. Así, lo que nos permitieron esos tubos fue montar un secreto a la vista de todos, abrir un hueco negro de intimidad en medio de ese espacio público que es la escuela.
En el acto de susurrar, quien comienza a prestar cuerpo y voz murmurada al poema no accede a lo que escucha quien está siendo susurrado: boca y oído se tocan, se rozan, pero están al mismo tiempo distantes. Y por ello quizás presta tanta resistencia al comienzo, es el miedo del despojo ante la palabra poética suspendida en su propia materia sonora. Si la poesía deja siempre un resto imposible de asir, los susurradores duplican esa imposibilidad en tanto nos obligan a arrojar nuestra voz sin saber cómo ni cuándo llegará al oído que espera al otro lado.  
Este dispositivo poético, entonces, nos permitió configurar escenas en las que mediamos textos de la poeta litoraleña Beatriz Vallejos y algunos de los poemas escritos por “las chicas y los chicos de Poesía en la Escuela”. Niñxs a quienes nunca antes habíamos visto pasaron de cierta resistencia a estar deseosos de poner en sus bocas y oídos las palabras poéticas. Muchxs que no se animaban a leer frente a todxs podían hacerlo a través del susurrador si había al otro lado un oído paciente, presto a la escucha de una dicción lenta y deseosa.



Mares, noches y jardines: día del Libro

En el día del libro, 15 de junio, la biblioteca de la escuela se transformó en puertos. El evento vino a reafirmar que el trabajo junto con la infancia y la literatura se puede hacer, más allá de los grandes ‘escenarios’ donde se promociona y mercantilizan las prácticas de lectura, proponiendo una forma cálida de habitar la biblioteca.
Fue así que con el trabajo de las bibliotecarias -Dolly y Silvina- y lxs docentes de la escuela, montamos tres espacios a los cuales visitar de manera particular. El puerto del jardín, el de la noche y el del mar, aunaban varios de los textos con los que trabajamos en nuestros talleres.
El del mar fue donde me quedé. Tenía una mesa con una sábana que la cubría hasta el suelo y nos escondimos con Gabriela para poder mostrar –revelando solamente las manos-  un libro-álbum a modo de obra de teatro. El libro que mostrábamos es La ola, que relata el primer encuentro de una niña con el mar y tiene la particularidad de ser silencioso: no hay allí más que ilustraciones, y nosotros aprovechamos ese silencio para hacerlo parte de nuestro puerto.
Al final de la mañana, quizás la curiosidad de ese ‘estar bajo la mesa’ (¿quién nunca tuvo intriga de conocer el mundo escondido de las mesas y las sillas vistas desde abajo?) hizo que poco a poco más presencias estén acompañándonos en nuestro escondite. Cuando F.  -alumno de segundo grado con quien mantenemos talleres cada mes- se escondió con nosotros nos pedía que leamos relatos no una vez, sino varias. Me pregunté, en ese momento, sobre lo inusual de la escena: ¿por qué leer escondidos debajo de una mesa?
Con el tiempo, una cita de un texto que transita muy seguido por nuestra biblioteca, me encuentra en este momento para empezar a conjeturar una respuesta: “Incluso en las familias en que los padres nunca han prohibido la lectura, hay niños que leen bajo las sábanas, con la linterna en la mano, en contra del mundo entero. Hay una dimensión de transgresión en la lectura. Si hay tantos lectores que leen por la noche, si leer es con frecuencia un acto de la oscuridad, no es solamente porque haya en ello un sentimiento de culpa: de esta manera se crea un espacio para la intimidad, un jardín protegido de las miradas.” (Petit, 1999: 152)



De fronteras, derechos y políticas: la poesía en la escuela

Las escenas que guardamos de aquellos días nos traen nuevas preguntas: ¿qué sucede después de esas intervenciones? ¿Qué marcas dejan? ¿Hacia dónde va después unx niñx que fue interpeladx por la palabra poética?
Estos planteos nos llevan a una serie de preguntas que Graciela Montes arroja y a las que volvemos una y otra vez precisamente porque se ponen en juego en cada escena de mediación de lectura que sostenemos en la Escuela Pública: ¿vale la pena que la escuela se ocupe de este asunto de la literatura? y, más aún, ¿vale la pena que la literatura se ocupe de este asunto de la escuela? ¿tiene algo que decir la literatura cuando de educación se trata? (Montes, 1999: 87).
Decíamos al comienzo que se trata de un problema educativo y al mismo tiempo político. En principio, porque sostenemos con Flavia Terigi (2004) que la educación es un problema político. Esto es: si una niña o un niño egresan de la escuela primaria sin saber leer y escribir es un problema que le corresponde no solo a lxs docentes y al cuerpo directivo de las instituciones educativas sino también a los aparatos del Estado responsables de garantizar el derecho a la educación. Y en tanto se trata de un asunto público las organizaciones sociales somos también co-responsables de la garantía de esos derechos. En medio de una coyuntura en la que el Estado vuelve a ponerse el lente tecnocrático para leer en clave de estrategia los problemas educativos es necesario volver a señalar que “la enseñanza es el problema que las políticas públicas deben plantearse desde el principio y resolver en el nivel máximo del planeamiento” (Terigi, 2004).
Elegimos entonces volver a la -siempre incómoda- pregunta por el lugar de la literatura en la escuela desde esta perspectiva: ¿sobre qué políticas públicas se sostienen esas escenas de intimidad en las que unx niñx se encuentra ante un poema susurrado o leyendo en silencio debajo de una mesa? ¿Qué escenas posibilitan las políticas públicas y sociales en las escuelas?
Volvemos entonces a la Maratón y al Día del Libro para encontrar que la paradoja surge allí donde es preciso dedicar un día del año para que “la lectura ocurra” precisamente en la Escuela, que, desde sus orígenes, es el espacio que está por excelencia abocado a ello. La pregunta entonces sería qué tipo de lecturas hay en la escuela el resto de los días y qué lecturas quedan reservadas a ese único día en el año. O como plantea Cecilia Bajour cuando interpela la noción de “promoción de lectura”: “¿De qué hablamos cuando decimos “promoción de lectura” en el marco de la escuela? ¿La escuela necesita “promover” la lectura si precisamente desde que existe está atravesada por ella más allá de cómo lo haga?” (2014:72) Sin desconocer la potencia y el alcance de este tipo de intervenciones, no dejamos de apostar a una Escuela en la que la poesía pueda circular como otro modo posible de habitar el espacio cotidiano escolar. Y si con Graciela Montes (1999) sostenemos que el domicilio de la literatura es la frontera indómita -esa Tercera zona, al decir del psicoanalista Donald Winicott, que no es totalmente subjetiva ni totalmente objetiva sino que se sostiene en ese entre en el que tienen lugar también el juego y la cultura- la pregunta sería qué hace la Escuela con esa frontera que está en constante intercambio y a la vez con la amenaza latente de volverse estrecha. ¿Qué hacen el Estado y la Universidad a través de sus políticas públicas y sociales con la frontera indómita de los agentes que intervienen en el acto educativo (alumnxs, docentes, bibliotecarixs)?
Sabemos que los complejos entramados que van desde las condiciones socioeconómicas en las que se desarrollan esas infancias escolarizadas hasta las decisiones llamadas “macro-políticas” intervienen aquí y es por eso mismo que no dejamos de plantearnos estos interrogantes para seguir resignificando y problematizando nuestro quehacer.
Porque como organización social vinculada con la infancia buscamos intervenir en la Escuela Pública provocando escenas de lectura configuradas desde nuestro hacer singular que ponen en ejecución políticas públicas, como lo es (o mejor: fue) el Plan Nacional de Lectura desde 2003.
Sin embargo, no podemos dejar de apostar a que nuestras prácticas provoquen un impacto en los diseños curriculares y en la configuración de lo que Analía Gerbaudo ha llamado, aulas de la literatura (2011). Y es precisamente desde aquí que buscamos abrirlas hacia otros agentes de la institución escolar: en vistas a contribuir a la tarea de la Escuela Pública de permitir que lxs niñxs accedan a experiencias culturales múltiples y variadas como una parte constitutiva de su aprendizaje, es decir, como parte del diseño curricular, y no en hechos aislados o espectáculos eventuales. La lectura y el acceso al libro constituyen un derecho que elEstado debe garantizar no sólo proveyendo de libros a las escuelas –paso sin el cual todo lo otro resulta imposible– sino también propiciando la tarea de lxs docentes como sujetos culturales activos, como mediadores que en el entramado con otros agentes culturales puedan poner en ejecución las políticas públicas.  
Una vez más, como nos lo recuerda Graciela Montes, la literatura sigue siendo sapo de otro pozo. “Y aunque no es una especie natural de la escuela, sería bueno, y hasta extraordinariamente bueno, que la escuela le haga un sitio” (Montes, 1999: 88).


Bibliografía

Cecilia Bajour (2014) Oír entre líneas. El valor de la escucha en las prácticas de lectura. El Hacedor, Buenos Aires.

Mirta Colángelo (2015) De susurros y susurradores. Comunicarte, Córdoba.

Graciela Montes (1999) La frontera indómita. En torno a la construcción y defensa del espacio poético. FCE, México.

Michèle Petit (1999) Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. FCE: México.

Flavia Terigi (2004). “La enseñanza como problema político”. En FRIGERIO, Graciela y DIKER, Gabriela (comps.), La transmisión en las sociedades, las instituciones y los sujetos. Un concepto de la educación en acción. Buenos Aires, cem/Novedades Educativas.

Documento 14º Maratón Nacional de Lectura “Juegan los sentidos, bailan las palabras, resuenan las voces, ha llegado la poesía en esta ocasión”


Resolución Nº 707 “Plan Nacional de Lectura” (2008)


domingo, 16 de octubre de 2016

Trabajo, biblioteca y escritura enfrente del río. - Entrevista a Cecilia Moscovich.


Este año recibimos en nuestra Biblioteca Comunitaria a la poeta y docente Cecilia Moscovich (Santa Fe, 1978), quien además trabaja como bibliotecaria y coordinadora de un grupo de jóvenes mediadores de lectura en el barrio costero Alto Verde (Santa Fe). En busca de tejer redes más sólidas y artesanales entre quienes estamos del lado de la poesía, leyéndola o escribiéndola, es que se dio esta conversación con ella. Para poder escucharnos mejor, para poder imaginar y hacer otras cosas entre quienes llevamos adelante trabajos culturales y de abordajes territoriales.

Por Lautaro Maidana y Kevin Jones

Cuando se dispone a leer en el aula, a Cecilia le piden que lea el poema que funciona como hit en este grado, Mi casa. Cecilia tendrá que leerlo, por segunda o tercera vez en el día:

Limpiar la mesada
apretar una naranja caída en el piso
para ver si no está demasiado madura.
Poner la pava
y saber que habrá yerba.
Llegar a casa
y tener una.
Prender la estufa
y que funcione.

Lavar los platos y ver cómo la mesada,
al menos eso,
poco a poco se va despejando.
Eso me hace sentir bien.

No es complicado.
Para eso no tengo que esperar
ni pensar demasiado
ni armar grandes planes para el futuro.

La escena se da en el marco de las visitas que hacen poetas a la Escuela Nº202 Gaspar Benavento dentro de la primer edición del Festival. Con la ayuda de Graciela Genre Bert, bibliotecaria cómplice en este trabajo, y de sus docentes los estudiantes habían estado leyendo poemas de la autora, especialmente de su libro Barranca (Ediciones Diatriba, 2012).

A Cecilia esta lectura infantil de sus poemas la sorprendió. ¿Por qué esos niños se habían encantado con “Mi casa”? ¿Qué sería para un niño eso de “llegar a casa / y tener una” y no tener que “armar grandes planes para el futuro”? Algo de enigma hay en el encuentro entre niños y poemas que se hace presente en esta escritura que parece tocar sus alrededores con una mirada de niño. La sorpresa infantil de poder tener una casa, de que los objetos funcionen y la certeza, también infantil, del presente.

Escrituras, infancias, talleres.

-¿Hace cuánto que laburás en talleres de literatura con chicos?

-Empecé a trabajar en talleres de literatura con chicos en 2006, en un Programa del Ministerio de Desarrollo de la Nación que se llamaba “Familias y Nutrición”. Estaba buenísimo. Era de desarrollo infantil integral, en el que se capacitaba a facilitadores comunitarios en distintos ejes: nutrición, juego, lectura, crianza. Aparte era con financiamiento de UNICEF y tenía unos recursos alucinantes. Viajábamos por la provincia de Santa Fe y entregábamos cajas de libros para armar bibliotecas. Eran cuatro cajas de libros de la mejor literatura infantil que te puedas imaginar. Lo que yo hacía era más que nada capacitar gente que después trabajaba con niños, pero a veces en los viajes también dábamos talleres para los niños.
            Con el tiempo este proyecto se terminó pero yo seguí con lo de Alto Verde. Creamos la biblioteca de jóvenes mediadores de lectura en el 2010. Que tampoco empezó con la intención de crear una biblioteca. Yo llevé dos de estas cajas con libros, que había pedido a Nación. La idea era formar un grupo de mediadores de lectura. Y después la UNL nos dio la biblioteca de La Cuadra, y recibimos una donación grande de libros que un grupo de voluntarios del MNR había hecho. Y de golpe teníamos un montón de buenos libros y ya está: ¡tenemos una biblioteca! Y ahí la armamos y la pusimos linda. Se fue dando sin que el objetivo inicial haya sido “crear una biblioteca”.
            Y ahora doy talleres con los chicos de la escuela de al lado y después también tengo un taller en la Biblioteca Pedagógica de Santa Fe.

- ¿Cómo relacionás tu vida como poeta con trabajar literatura e infancia?

-No siento que esa experiencia haya impactado en mi escritura. No sé. Yo ya escribía de antes... ¡Y además me olvido que escribo cuando estoy con los chicos! Me encanta cómo imaginan los chicos, los mundos que construyen, las ideas delirantes que por ahí tienen. Y la verdad que me gustaría ser más capaz de tomar algo de eso cuando escribo, pero no, no me sale.

-¿Cuándo crees que empezaste a leer literatura con deseo?

-¡De chiquita! Leía mucho, mucho, mucho, mucho. A los 9 años más o menos era una bestia, leía muchísimo y me quedaba encerrada. Me acuerdo que teníamos una quinta que era hermosa, pero a mí en ese momento la naturaleza no me llamaba. Me encerraba, cerraba las persianas porque me gustaba estar como en penumbras y me quedaba leyendo toda la tarde. Me devoraba capaz que una novela por tarde.

Empecé leyendo lo que tenía a mano. La Colección Robin Hood que era de mi tía, todo Luisa May Alcott, Jack London, Mark Twain. Después mi mamá me tuvo que hacer socia de una biblioteca, la Biblioteca Moreno. Pero ese tipo de libros que les contaba antes no existían cuando era chica. Y la literatura para chicos no era lo que es la literatura ahora: tan delirante, tan con humor o con cosas más oscuras.

Sobre el trabajo con el grupo de jóvenes mediadores de lectura de Alto Verde, “Pescando lectores”.

-¿Cómo surgió Lo escuché por ahí. Historias de Alto Verde, estas publicaciones que recuperan narraciones orales del barrio?

-En el 2011 yo había viajado a Brasil y había una organización muy linda, Vagalume, en donde trabajan plantando bibliotecas comunitarias en la Amazonia. Yo pude viajar con ellos y conocer un poquito de lo que hacen, que es recopilar cuentos orales y llevarlos a la escritura. Como tender puentes entre la cultura oral y la escrita, y producir con eso libros artesanales. Me pareció re copada la idea de hacer libros a partir de los relatos orales del barrio y no solamente llevar los cuentos de autores.
            Así surgió la idea con el grupo de mediadores de lectura de Alto Verde. Se los propuse y les encantó. Entrevistamos a los abuelos de los chicos y a algunos referentes del barrio. Nos contaron un montón de historias y nosotros después fuimos seleccionando algunas y las fuimos ilustrando. Y luego el Ministerio para el que trabajo y el de Cultura de Santa Fe, entre los dos, lo financiaron.
            La primera edición de estos libros era un montón: 4000 ejemplares. Después ya fue menos y no pudimos repartir tantos. Circularon bastante por el barrio y es muy habitual que los chicos cuando van a la biblioteca los vean y digan ¡ay, este yo lo tengo en mi casa! Y lo recuerdan, y les gusta, y está bueno porque reconocen las historias que aparecen ahí o a los personajes. La verdad que está bueno lo que se dio de poder identificarse y que sus historias estén en un librito. Poder replicar este tipo de cosas está re bueno.
            Me acuerdo que la primera vez que lo presentamos en la Feria del Libro fue súper emotivo. Fueron los abuelos que habían contado, y fue importante para ellos que sus historias estuvieran en un libro. Fue muy lindo. Y a los chicos les gustó mucho también.

-¿Cómo convivís ahí con los otros relatos imaginarios y las realidades más tangibles respecto al barrio?

-Cuando yo empecé a trabajar en Alto Verde hace cinco o seis años atrás todavía no estaba tan picante como está ahora. Y en los últimos años se fue poniendo bastante violento y todo. Hubo un año en 2014 que casi renuncio, porque había tiroteos todos los días, muchos de los chicos con los que estaba trabajando fueron baleados y un par muertos. Y no me lo banqué mucho. Pero después mermó un poco y ahí sigo estando.
            Como muchos barrios tenés eso, y después tenés gente viviendo y laburando también, construyendo, yendo a trabajar, cocinando, cociendo, haciendo deporte, haciendo murga, pescando...       
            A mí me encanta Alto Verde, me encanta. Tiene algo, tiene su particularidad. Y el río ahí le da algo de eso. De hecho yo no soportaría en otro lugar ese nivel de violencia. Mi trabajo, la biblioteca, está enfrente del río. Salgo y está el río todos los días. Llego con el auto o con la bici y está el río. Eso es un plus. Y también la gente, por más que haya pobreza, no es lo mismo vivir en un pasillo inmundo que vivir al lado del río, de ese paisaje.
            Hay gente que me dice “uuy, trabajás en Alto Verde...” y para los chicos es tremendo eso. Ahora el mes que viene vamos a presentar un corto que hicimos con los chicos y un poco muestra eso: lo que significa vivir en este barrio: La camisa blanca. Lo cuentan de manera muy poética... Los más grandes siempre relatan que no pueden conseguir trabajo porque son de Alto Verde... no es fácil para ellos.
            Este año también va a salir un libro que hicimos con una compañera del Ministerio de Cultura, que se va a llamar El Bestiario de las Islas. ¡Ese va a estar buenísimo! Hicimos todo el año pasado talleres en las escuelas y también entrevistamos a referentes del barrio, no solo de Alto Verde sino también de Rincón, Colastiné, La Vuelta del Paraguayo... todos parajes costeros para que nos cuenten historias de aparecidos, seres fantásticos y otras cosas que se ven en las islas. Y articulamos con los chicos de quinto año de la Escuela Mantovani de Artes Visuales, porque ellos son los que ilustran. Está quedando muy bueno y se copó mucha gente que no esperábamos.


El cortometraje “La camisa blanca” al que hacemos referencia en esta entrevista se encuentra disponible en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=gSKqiAUE1Q0&feature=share